lunes 17 de diciembre

Ernesto Araújo, futuro canciller brasileño: “Los próximos pasos de Brasil de cara al mundo”

A algunas personas les gustaría que el presidente electo Jair Bolsonaro hubiera elegido a un canciller que saliera por el mundo pidiendo disculpas. Querían una especie de ‘Ministro de las Relaciones Avergonzadas’ que les dijera a sus socios algo como: “Miren, los brasileños eligieron a Bolsonaro. No puedo hacer nada, es la democracia. Saben cómo es, el pueblo no entiende nada. Pero quédense tranquilos, pues aquí, en el frente externo, nada va a cambiar. Estoy aquí para matizar todas las posiciones del presidente, para cocinarlas y transformarlas en lo que ustedes ya conocen; seguiré hablando el lenguaje del orden global. Estoy aquí para no dejar que pase nada”.

Ese es tipo es el canciller que los comentaristas de la prensa tradicional – nutridos por la convivencia con diplomáticos pretensiosos – quisieran ver. Alguien que enmarque al nuevo presidente, suavice sus ideas, frene su ímpetu de regeneración nacional bajo la excusa de que la política exterior es algo demasiado técnico para ser entendido por un simple presidente de la República, mucho menos por sus electores.


Parece prevalecer en esos medios la tesis de que un presidente puede cambiarlo todo, a excepción de la política exterior. Para ellos, la política exterior sería una región cerrada al mandato popular, una especie de ‘zona de exclusión’ para el pueblo; Itamaraty (sede de la cancillería) sería un Estado dentro del Estado, donde el Presidente sólo aparece como un invitado ilustre en las cenas oficiales, pero no tiene voz efectiva, o donde la voz del presidente -que es la sagrada voz del pueblo- es doblada en idioma de la ONU, y al ser doblada pierde el sentido, pues en el idioma de la ONU es imposible traducir palabras como amor, fe y patriotismo.

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