viernes 9 de diciembre de 2022
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¿Ese persistente malestar estomacal existe o está en mi cabeza?

El desierto de Nuevo México se extendía a ambos lados de la autopista como un lienzo punteado con ciudades pequeñísimas. Íbamos en un viaje por carretera con mi hijo de 20 años, Eli, desde nuestra casa en Los Ángeles a su universidad en Michigan. Eli, intentando ser paciente, manejaba sin desacelerar en la interestatal 40 mientras la luz del sol menguaba y yo hurgaba en mi teléfono buscando un restaurante o un platillo que no me causara dolor. Tras años de andar sorteando obstáculos a la hora de salir a comer o pedir a domicilio, al final lo inevitable había sucedido: no había un lugar donde yo pudiera comer.

“Lo siento mucho, corazón”, le dije. “Me siento muy muy mal”. Y era cierto. Estaba al borde de las lágrimas, tanto por vergüenza y pena por mí misma como por preocupación maternal.

Eli negó con la cabeza. “Está bien, mamá. No es tu culpa”.

Pero sí lo era. Por mi culpa —o, para ser más precisa, de mi sistema digestivo— no comeríamos sino hasta que llegáramos a Amarillo, Texas, a las diez de la noche y compráramos comida congelada en una tienda cerca de nuestro alojamiento Airbnb.

nytimes.com  (www.nytimes.com)