martes 13 de noviembre

Esos venenos que llaman remedios

Los tres muchachos se apuran al ver al mosquito. Como en una escena de La Guerra de los Mundos, la máquina despliega sus alas de hierro en el campo que está frente a las últimas casas del barrio. Nacho putea, el olor del agrotóxico ya está en el aire; se tapa la nariz con el cuello del suéter y empieza a grabar mientras corre.

Lo que sigue, es repetido: los sinuosos caminos de la burocracia, con su capacidad de transformar una simple denuncia en un tormento.


Llaman a la Dirección de Prevención Ecológica y Sustancias Peligrosas, un organismo que depende de la Policía Bonaerense y tiene su oficina en un subsuelo del Cuartel de Bomberos. Los funcionarios llegan y se disponen a hacer su rutina inconducente. Bajan de la camioneta, pero en lugar de buscar a los productores agropecuarios que están violando la ley, preguntan quién hizo la denuncia. Esa dilación, rayana con la complicidad, permite que los fumigadores y sus máquinas se pierdan entre la niebla.

Para los vecinos, la odisea está lejos de terminar: ahora les queda asentar la denuncia en la oficina del subsuelo (Salta casi Brown, a 10 kilómetros del barrio).

En las fauces burocráticas, la espera se hace larguísima. Varios se cansan y se retiran. Quedan sólo cuatro: Mónica, Esther, F. y Bruno. Al final, los funcionarios los atienden. Después de seis horas.

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