lunes 8 de agosto de 2022
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Estas vacaciones nos vamos a la cárcel: el auge de la ¿amoral? industria del turismo penitenciario

De la lúgubre y vetusta torre de Londres a ese parque temático de la delincuencia legendaria que es Alcatraz, pasando por colonias penitenciarias de Centroamérica, las modernas prisiones estadounidenses, la cárcel sudafricana donde Nelson Mandela purgó su activismo privado de libertad o las mazmorras medievales españolas de Broto o Pedraza.

El turismo penitenciario es una industria en auge. Es más, no ha dejado de popularizarse desde que una de las pioneras, la prisión federal de la isla de Alcatraz (en San Francisco), se convirtió en museo en 1973. Ahora mismo, algunos de los monumentos más visitados de países como Estados Unidos, Gran Bretaña, Polonia, Irlanda, Francia, Senegal o Letonia son cárceles.

Para la periodista de investigación Hope Corrigan, el morbo “de visitar lugares en que muchas personas fueron retenidas y sufrieron, en ocasiones, castigos crueles, cuando no directamente torturas o ejecuciones” plantea “dilemas éticos de un cierto calado”. En un artículo para The Marshall Project, una página de activistas comprometidos con la reforma de la justicia, Corrigan cuenta el caso de la West Virginia Penitentiary, una prisión que se quedó sin reclusos en 1995 tras 120 años como sede de largas condenas, ahorcamientos y electrocuciones.

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