¿Existen aún las redacciones?

    Todo tiempo pasado no fue necesariamente mejor, ni peor, sino distinto. Marx dijo aquello de que la historia se repite pero en clave de farsa, pero no era más que una ingeniosidad; las cosas no se repiten y las redacciones, menos. Tanto, que el concepto histórico de redacción como alma mater, casa-cuartel y escuela de formación profesional sin desaparecer del todo, sí que se ha diluido. La redacción ha emigrado al éter, ya no es el cenáculo que te acunaba y abroncaba, y el periodista transporta en sus metafóricas alforjas una idea o mejor una práctica de redacción allí donde vaya. No solo puede trabajar en casa, lo que ya era común desde hace años, sino que con el smartphone accede a donde sea preciso en una variedad de plataformas, para hacer directamente el periódico.

    En las redacciones más modernas el plumilla y el fotero necesitan adquirir nuevas destrezas, como estar permanentemente atentos a las redes sociales a título de buscadores o exploradores de todo aquello que ahora se llama viral; los analistas valoran al día, al minuto, si se cumplen los objetivos de visitación exterior de los diversos productos de la casa al tiempo que la publicación se instala con texto, vídeo, tertulia o análisis en las redes, incluso antes de decidir qué, cómo y cuándo, si ese es el caso, encuentre acomodo en la web del periódico, no digamos ya si llega hasta las venerables páginas del impreso. Y no hace falta decir que el periodista clásico ha tenido que hacerse de unos conocimientos de informática aplicada, con los que no hace tantos años ni se soñaba.