jueves 9 de diciembre de 2021
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Fabián Casas: «La literatura es colectiva. Escribo con un montón de gente»

Para muchos Fabián Casas fue en los años 90 -esa década donde los poemas circulaban a través de fotocopias y, en palabras del escritor, todavía éramos mortales- un gran descubrimiento: la poesía podía encontrarse en el agua cayendo hacia «el vientre de la pileta» o en el hombre que carga una bolsa de basura. Era poesía, pero se leía como prosa. Después vinieron, Ocio (2000) y Los Lemmings (2005): era narrativa, sí, pero estaba atravesada por el mismo lirismo urbano de los poemas.

Ya se sabe, el tiempo es despiadado. No conoce de modas, y es capaz de derribar cualquier obra, por más aparato crítico que se empeñe en sostenerla. Sin embargo, a más de diez años de su publicación y reeditados por Emecé (sello que está sacando todo lo de Casas), la novela Ocio y los cuentos de Los Lemmings ofrecen la resistencia de lo que perdura. No sólo eso, sino que, leídos junto a los flamantes Diarios de la edad del pavo (2017) y los ensayos reunidos en Trayendo a casa todo de nuevo (2016) rinden cuenta de la contundencia de una obra orgánica, sólida.

A pesar, quizá, del propio Casas. Es que si hay algo a lo que le huye es a quedarse quieto, a las etiquetas, a esos cajones que, como dice, «instala la academia porque, como Hegel, la academia tiene que trabajar con certezas». Por eso admira a Ricardo Zelarayán, un poeta nómade, liberador, que le enseñó que una novela puede ser un poema, un poema una obra de teatro, un ensayo una canción de rock. Casas rehúye de cualquier solemnidad, por más de que lo que esté narrando sea trágico y de una verdad conmovedora. No quiere ser ese Gran Escritor del que se burla en «Casa con diez pinos». Aunque el cuento se base en alguien admirado: «Son escritores que se convierten en culones. Dejan de leer: no leen a sus contemporáneos. No se pueden levantar del asiento. No quiero ser asociado a eso. No soy escritor. Soy escritor cuando escribo. Ando por la calle y no me conoce nadie, eso es una bendición. No entiendo por qué la gente quiere ser conocida. El verdadero budista es el hombre común, el que a la noche está en su casa, lava los platos, mira una película y pasea al perro, sin ninguna aspiración de trascendencia social.»

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