Fernández presidente: el eterno triunfo de la insatisfacción

No hubo “Sí, se puede” que valiera ni remontada épica y de nada valieron los ministros saltarines que arengaban a la tropa propia. Fue, como se esperaba desde las PASO, triunfo de Alberto Fernández. O derrota de Mauricio Macri. O éxito de uno y fracaso del otro, como se prefiera, más allá de que los números finales hayan moderado en algo los entusiasmos y desalientos respectivos. Fue, en definitiva, un aval a la idea siempre renovada del cambio por parte del electorado argentino, algo que, por su repetición, debe llevar a la reflexión: los pueblos no son bipolares y solo cambian, de banquina a banquina cada cuatro años, cuando no obtienen más que frustraciones de sus dirigentes.

El fracaso (la derrota) de Macri está claro: es el de un hombre liviano, el de un modo soberbio y despreocupado de gestionar, el del eslogan y el discurso vacío, el del desprecio por la calle, el de las promesas traicionadas. El retorno al poder de un armado que contiene a Cristina Kirchner es la medida suprema de su naufragio.