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martes 13 de abril de 2021
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Fernando Báez Sosa es el Cromañón del rugby

Jugué al rugby entre los 11 años y los 21. En Belgrano Athletic Club encontré a mis mejores amigos, que ya con 43 años, todavía me rodean. Fuimos una camada bastante mala en rugby (nunca salimos campeones y perdíamos casi todos los partidos) pero muy buena en amistad. Hoy valoro mucho más eso porque pasan los años y nos seguimos viendo con muchos de los integrantes de “la 76”. Lo entendí de grande pero era obvio: el rugby, el deporte como juego, no importaba tanto. No éramos fanáticos. Era una excusa para vernos en los entrenamientos y después el fin de semana para jugar, ir a ver a la primera, salir al boliche, etc. Nos divertíamos mucho juntos y aún lo hacemos. Y ahora también lo hacen nuestros hijos entre ellos. Mis amigos, esos amigos, son incondicionales, son como hermanos para mí. Podemos pensar distinto en mil cosas pero siempre van a estar a mi lado para lo que necesite y yo al lado de ellos.

Ni el rugby ni el machismo están excluidos del aberrante asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell. Ya es hora de que toda la autodenominada “familia” del rugby haga una autocrítica sincera y honesta sobre las costumbres que rodean al deporte. Me refiero a la cultura rugbier que nace y se esparce fuera de la cancha. En los terceros tiempos, en las previas, en los boliches, en los veranos cuando se van en grupo a vivir a una misma casa. Es una cultura dominada totalmente por el alcohol en exceso, las trompadas, el “mano a mano” cómo método de validación y triunfo, las peleas grupales (“la general”) como medición de fuerza frente a otros grupos, camadas o clubes rivales. O incluso frente a otras tribus, clase social o religiones distintas: gays, judíos, grasas y “negros villeros”. Porque en el ambiente del rugby, que ya se sabe es bastante conservador, también hay homofobia, xenofobia, machismo y discriminación. Aunque muchos lo nieguen, por el motivo que sea.

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