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jueves 26 de noviembre de 2020
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Francia: el fin de la inocencia forzada

Durante mucho tiempo, Francia se hizo la distraída. Cada aviso era rápidamente sofocado. Ante cada atentado, la letanía impuesta por los perros guardianes de lo que hay que pensar era eficaz, aunque se desgastaba: no podía haber tantos locos aislados, tanta gente con un mismo discurso político-religioso que no representara a nadie.

Ante cada atentado, el primer reflejo del sistema, la prioridad cuando los cadáveres aún estaban tibios, había sido exigir que no se estigmatizara a la religión en la que se justificaba el que la había invocado, como si el político o periodista supiese realmente en qué medida la interpretación del yihadista era errada; quienes velaban por la opinión autorizada sabían más. “No es el verdadero islam”, salmodiaban. Y poco importa que nadie afirmase ni afirme que el radicalismo islamista es representativo del islam practicado por la mayoría de los musulmanes franceses.

Lo importante no era desactivar la máquina de matar que convertía a cualquier vecino adoctrinado en asesino potencial, lo importante era “no hacerle el juego a la extrema derecha” y evitar un nuevo delito asimilado a un trastorno psicológico, inventado para impedir cualquier crítica de una religión en particular: la “islamofobia”. Si había un responsable, había que buscarlo en la sociedad francesa: la frustración del legado colonial, el “racismo sistémico”, la falta de oportunidades económicas. La mera idea de que hubiese una ideología a nivel nacional e internacional que buscara imponer a Occidente una forma de existir a través de la violencia era políticamente inconveniente y moralmente insoportable. Que fuese real no parecía ser la cuestión.

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