Funcionarios tailandeses y monjes budistas se enfrentan por el destino de 138 tigres

Saira Tahir, una abogada londinense, ondeaba en el aire una vara de bambú con una bolsa de plástico pegada en el extremo. Un tigre de más de 90 kilogramos brincaba y le daba golpes como un gato doméstico que golpea un juguete colgante.

Por su boleto de ingreso de 140 dólares, Tahir también bañó al tigre, le dio biberón a un tigrillo y posó para una foto con la cabeza de un tigre en su regazo.


“Estar tan cerca de ellos es una experiencia extraordinaria”, contó. “Incluso con la cabeza del tigre en tu regazo, puedes sentir la energía. No es algo que hagas todos los días”.

Mitad monasterio budista y mitad zoológico interactivo, el Templo del Tigre en el occidente de Tailandia ha sido durante mucho tiempo la pesadilla de conservacionistas y activistas que abogan por los derechos de los animales y lo acusan de abuso y explotación aunque ofrece a los turistas una fantasía paradisiaca con la vida silvestre.