Game over o la política del sinceramiento

“Estamos peor pero estamos mejor, porque antes estábamos bien pero era mentira. No como ahora que estamos mal pero es verdad”. A la puerta de un kiosco barrial, el humor popular expresa con gesto irónico una difundida forma de sentir. Se trata de un discurso con rasgos de época que identificamos en el lenguaje de Cambiemos, y que se capta ejemplarmente en el término sinceramiento. ¿Cómo se desarrolló este núcleo de ideas en los hechos, discursos y protagonistas que busca instalar un nuevo orden cultural?

En tiempos recientes, las realidades políticas locales y globales articularon una relación novedosa entre verdad, falsedad y creencia. La creciente cercanía entre lo verdadero y lo falso no es solo síntoma de las crisis de las democracias liberales o el componente de espectáculo de la desfachatez trumpista, sino también de un estado especial de lo político. Su transformación corresponde a un ordenamiento novedoso de la verdad, y que asociamos con lo que a veces se llama la “razón post-ideológica”. En nuestro país Cambiemos viene innovando en esta dimensión en una serie de terrenos, entre los que se encuentran los significados atribuidos a la historia reciente y a la historia como tal, incluido (pero no sólo) el terrorismo de Estado; la discusión sobre subsidios y tarifas; la profundización de una cultura meritocrática; o la apuesta por una retórica pública “disculpista”, entre otros. En todos estos casos el partido gobernante despliega una lógica más o menos sistemática que se piensa a sí misma como post-ideológica y constituye una de las claves del sinceramiento como lógica cultural.


El término precede a Cambiemos y tiene su historia. Su movilización original puede rastrearse en Argentina hasta la etapa desarrollista de Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio. Allí, “sincerar” refería a todas las variables de la economía, empezando por el salario. En las tarifas, apuntaba al precio a pagar: se sugería que su valor debía componerse del costo de generación del servicio más una ganancia razonable. También se consideraba que era posible y deseable subsidiarlas cuando esto contribuyese a un fin social o productivo. El uso desarrollista del sinceramiento está en la antítesis del de Cambiemos. Los sinceradores actuales aborrecerían de una política tarifaria tal como la pensaba el desarrollismo. El actual gobierno retoma la idea del sinceramiento, pero expande su dimensión socio-económica original y la convierte en fundamento de un nuevo orden cultural. Los conceptos que organizan el discurso público de Cambiemos forman parte de ese cambio: meritocracia, sacrificio, esfuerzo individual, recorte de los privilegios, extirpación de la grasa militante, fin del relato, fin de fiesta, fin de las distorsiones. Tales términos expresan, articulados, una economía simbólica sostenida en recortar aquello cuyo exceso distorsionaba nuestros vínculos transparentes con lo real (la ideología, la política, lo festivo, los subsidios, los símbolos, la épica, la mística, etc.). Se trata de sincerar a su expresión mínima lo que hace posible una vida verdadera: del equilibrio de las cuentas públicas al fin de la ideología. La apuesta del partido gobernante por una política del realismo sugiere que, para salir de las crisis cíclicas argentinas, queda sólo una alternativa: extirpar la creencia y sincerar el conjunto de nuestras prácticas sociales, hasta el 2015 distorsionadas. En esto radica una de sus principales innovaciones políticas.