lunes 23 de mayo de 2022
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Genealogía de un manjar que unió a Borges y Bioy

La voz de alerta sonó hace poco: la empresa Vauquita, fabricante de la famosa tableta de dulce de leche, tiene su continuidad en jaque por el tarifazo en los servicios. Guillermo Guzmán, directivo de la firma con sede en Trenque Lauquen, dijo temer que la triplicación de los valores que pagaban (de $ 32.000 a $ 132.000 en gas, y de $ 10.000 a $ 27.000 en luz) haga inviable el negocio. Las redes sociales, como era previsible, no tardaron en llorar anticipadamente a la Vauquita. Algunos hasta recordaron que fue justamente esa fábrica una de las que visitó, dos años antes, la actual gobernadora María Eugenia Vidal, quien se había declarado una de sus fans. Sin embargo, seguramente por razones generacionales, son pocos los que se acuerdan de la peculiar genealogía de una golosina que une los nombres de una de las tantas «grietas» de la historia argentina: los de Juan Manuel de Rosas y Jorge Luis Borges.

La Vauquita tuvo una antecesora de indudable raigambre literaria, y cuyo sabor, para aquellos que llegaron a probarla, era algo así como el paraíso perdido del dulce de leche sólido. Aquella «proto-Vauquita», o «Ur-Vauquita», como dirían los alemanes, era invención de La Martona, la fábrica fundada en 1889 por don Vicente Casares, padre de doña Marta Casares y abuelo de Adolfo Bioy Casares. El nombre de la empresa derivaba de la mixtura, bastante poco caballerosa por cierto, entre «Marta» y «matrona», debido a la silueta pródiga en abundancias que tenía la heredera.

Lo singular, también, es que esa tableta de dulce de leche originaria no tenía nombre: llevaba simplemente la imagen de una vaca al frente de su cajita, y al dorso el nombre de la empresa. Pero, para todos, era la «Vaquita»; la Vaquita del pueblo, nacida de la aristocracia ganadera. Se compraba en quioscos y en los múltiples locales a la calle de La Martona, de mostrador semicircular de mármol veteado, cuyas leches, quesos y derivados (en especial, el par de huevos fritos con queso) también forman parte de esa perdida Arcadia porteña. Su consistencia era similar a la actual, con la sutil diferencia de una cobertura de azúcar más sólida y visible. Nadie habría imaginado entonces variantes como la versión «light» actual. Las calorías eran tan aceptadas como el tabaco.

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