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jueves 22 de octubre de 2020
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Good bye Hugo

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En un país de hombres-instituciones donde Bergoglio es la Iglesia, Magnetto los medios y Kirchner la autonomía de la política, por tomar tres casos, Moyano es desde la década del 90 la autonomía del poder obrero. La fijación de una frontera para el capital y el gobierno y la extensión máxima del llamado “vandorismo”, quizás la expansión máxima de hasta dónde puede llegar. Hugo Moyano dejará de ser el secretario de la CGT. Es cierto que en los últimos años emergieron varios nucleamientos, pero Moyano por su impronta ha conservado el lugar indiscutido: deja su cargo la figura más importante del sindicalismo desde 1989. Tal vez, el sindicalista más importante de la democracia.

¿Qué quiso Moyano todos estos años? Fuera de las mil capas con que se envuelve su poder, encarnó el conflicto histórico entre el sindicalismo político peronista y el peronismo de saco y corbata, entre la representación directa y corporativa de la clase y la representación indirecta, política y mediada. Tensión estructural e histórica del peronismo, y tal vez insuperable, porque el poder de Moyano sobrevivió incluso a la transición “clientelar” e intendentista, “estatal”, a partir de los 90 y durante el kirchnerismo. Moyano es el peronismo fuera del Estado. Su persistencia incluso se basó en comprender en cámara lenta las transformaciones de su propia clase: el trabajo fordista, la vieja clase obrera homogénea que no existe más, que hoy, y desde hace tiempo, es un mosaico de experiencias laborales, culturales y sociales. Su persistencia lo encuentra como representante de lo que Emilio Pérsico, secretario del Movimiento Evita, llama “crema y leche” o Cristina llamó “aristocracia obrera”. Es decir, los miles de asalariados argentinos mejor pagos y mejor representados de la Argentina.

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