Gracias, yo a morfar no voy

El profesor era polaco, traía un castellano de escuela y biblioteca, trabajaba en una multinacional cerca del Obelisco y lo contaba así: “Yo escuchaba ‘pendejo’ de aquí, ‘pendejo’ de allá. No entendía hasta que pregunté y me tradujeron: quería decir ‘chicos’. Perfecto, perfecto. Feliz con mi nueva palabra entre los dientes bajé con mis dos secretarias en el ascensor. Me despedí de ellas en voz alta en el hall de la corporación: ‘¡Chau, pendejas!’”.

Los alumnos, todos hispanoparlantes, nos reímos. No estaba mal, pero estaba mal. Porque no alcanza el diccionario para hablar. Un error de registro de lengua –es el caso– te deja en offside . Y hablar es hablar en contexto: con alguien determinado, con las relaciones que nos unen con ese alguien, en un lugar, en un momento. No es igual “pendejas” que “chicas”, no quiere decir lo mismo: el registro también tiene significado, da cuenta de quién es quién y dónde estamos. Las secretarias se podían haber ofendido: ¿quién es el jefe para hablarles ASI?


Algo de eso se me ocurre cuando en la calle me corta el paso un cartel del gobierno porteño. “Vamos a morfar”, me dice. ¿Cómo?