lunes 28 de noviembre de 2022
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Gran Hermano: el infierno son los demás

Hay un ojo que observa. Son las cámaras de la casa, aparatos minúsculos que se mueven al ritmo de los protagonistas. El ojo electrónico condiciona, sí, pero también se lo olvida, se lo naturaliza. Es la invisibilidad de la costumbre. Lo que importa son los ojos de los otros. Porque en la casa no hay afuera porque en la sociedad no hay afuera: la mirada del otro es todo lo que hay.

Gran Hermano no nos parece con el tiempo (con este tiempo) tan orweliano como antes. Ya nadie piensa en 1984, es una referencia que ha perdido sentido. La sociedad de control, los dispositivos disciplinadores de Foucault, la vigilancia y el rastreo los vivimos de este lado. “Hay más privacidad dentro de la casa de GH que la que tenemos acá”, como dijo Tomás Trapé. Gran Hermano es una invención más existencial porque de lo que están rodeados los protagonistas son otros, todos los Otros. Ahí no hay navegación ni historial ni big data; lo que importa es qué hago yo con lo que los otros hacen de mí y yo hago de los otros. Un quilombo subjetivo.

Los participantes tienen el privilegio de no tener teléfono móvil, ese duende de la distracción, como dice Martín Kohan. Ahí no te podés escapar de vos ni de los otros. Estando en la casa uno rogaría poder alienarse en un trabajo o en cualquier actividad con tal de escapar de la mirada. Por eso en Gran Hermano no hay refugios para las máscaras. Porque el secreto es que no hay máscaras, nunca las hubo. Simuladores o “genuinos”, siempre se es multiplicidades. “Cada uno de nosotros era varios”, como decían Deleuze y Guattari un poco en chiste un poco en serio en Rizoma. Si te sacás la máscara, ¿qué hay debajo? Otra máscara y otra… No hay versión definitiva de nosotros mismos. Lo que hay es síntomas, repetición, acomodamientos a las pretensiones de un Yo con mucha suerte.

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