He pasado una semana consultando los horóscopos de todos los medios. Esta locura me he encontrado

A Gregorio Samsa le ocurrió que un buen día se despertó convertido en cucaracha. A mí con seis o siete años me sucedió algo parecido sin que hasta la fecha nadie se haya dado cuenta de la metamorfosis. Aunque dentro de lo frustrante que es amanecer transformado en un bicho, mi suerte fue algo mejor que la del comerciante de telas bohemio. Yo no me convertí en insecto. Ni en ninguno de esos bichos asquerosos que corretean por las cocinas con el abdomen gelatinoso pegado a las baldosas.

De chaval, yo mudé en un lindo vertebrado: un gato. Y digo mudar porque en realidad tampoco mi cambio consistió en una metamorfosis espontánea y radical al estilo Samsa. A mí la transmutación me caló. Me llegó —como tantas cosas en la vida— a través de la lectura.