miércoles 12 de diciembre

He pasado una semana consultando los horóscopos de todos los medios. Esta locura me he encontrado

A Gregorio Samsa le ocurrió que un buen día se despertó convertido en cucaracha. A mí con seis o siete años me sucedió algo parecido sin que hasta la fecha nadie se haya dado cuenta de la metamorfosis. Aunque dentro de lo frustrante que es amanecer transformado en un bicho, mi suerte fue algo mejor que la del comerciante de telas bohemio. Yo no me convertí en insecto. Ni en ninguno de esos artrópodos asquerosos que corretean por las cocinas con el abdomen gelatinoso pegado a las baldosas.

De chaval, yo mudé en un lindo vertebrado: un gato. Y digo mudar porque en realidad tampoco mi cambio consistió en una metamorfosis espontánea y radical al estilo Samsa. A mí la transmutación me caló. Me llegó —como tantas cosas en la vida— a través de la lectura.


En la balda situada debajo de los 14 tomos de la Gran Enciclopedia Ilustrada Austral, entre los volúmenes de la colección Super Humor y los del Círculo de Lectores, en la biblioteca de mi casa había un cuadernillo con el lomo repleto de rombos grises. Y aquí de nuevo hay que aclarar algo: digo cuadernillo porque no era un libro al uso, sino una agenda. Una agenda como las que regalaban en los años 90. Con sus mapas de carreteras, su calendario perpetuo, el listado con los prefijos de las provincias de España y todos los teléfonos de interés imaginables de Madrid a Melbourne.

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