Horacio Verbitsky: «Lo que no pudo ser»

El jueves próximo será feriado en buena parte del mundo, por los 128 años transcurridos desde el comienzo de la revuelta obrera de 1886 que consiguió imponer la jornada laboral de ocho horas en Chicago. La reivindicación costó la vida a cuatro trabajadores de prensa y un carpintero, condenados sin las garantías del debido proceso y colgados al año siguiente en una ceremonia que José Martí describió con prosa barroca: “En danza horrible, murieron dando vueltas en el aire, embutidos en sayones blancos”. La conmemoración del Día del Trabajo, o de los trabajadores, o de San José Obrero según las distintas confesiones políticas recuerda aquellos episodios.

Pero el 1o de mayo connota también uno de los acontecimientos más dramáticos de la política argentina moderna: la inexcusable confrontación entre Juan Perón y su juventud maravillosa. Ese había sido el calificativo con que el ex presidente describió a la militancia política, social, sindical, universitaria y guerrillera que forzó la apertura de 1971 y las elecciones libres de 1973, en las cuales el fundador del Justicialismo volvió a la presidencia 18 años después de su derrocamiento por un golpe militar. Esta semana habrán transcurrido 40 años de aquel día en el que la mitad de la Plaza de Mayo se vació mientras Perón elogiaba como prudentes y sabios a los dirigentes sindicales y descalificaba como estúpidos e imberbes a los jóvenes.