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jueves 13 de mayo de 2021
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Hugo Sigman y Carlos Slim no cumplieron con la Argentina

La segunda ola de la pandemia es muy fuerte en nuestro país y el escaso porcentaje de la población que ha sido vacunado es uno de los graves problemas que enfrentamos. El debate, en cambio, se viene centrando en determinados temas puntuales – aunque no por ello menos importantes- que funcionan como guerras de bolsillo para las dos coaliciones políticas mayoritarias. Así, la cuestión de la presencialidad en las escuelas se convirtió en lo único en lo que no debía transformarse: un debate aislado donde la parte se transformó en el todo, más allá de la lógica suspensión transitoria de las clases presenciales que vienen reclamando los gremios docentes ante el nivel de casos alcanzado y viendo la experiencia de otros países.

Mientras tanto, como en una realidad paralela, aquí en nuestro país se fabrican millones de dosis de vacunas contra el Covid y se exportan, como la carne, los vinos o la soja; una mercancía más en búsqueda del mejor postor. Nos parece inaceptable que resulte natural que en medio de semejante crisis sanitaria un puñado de laboratorios desarrollados a fuerza de subsidios estatales manejen según sus conveniencias económicas la producción, venta y distribución de las vacunas en todo el planeta. Peor aún: que países como la Argentina que cuentan con la tecnología para elaborar vacunas en escala, lo estén haciendo en virtud de las necesidades del negocio mundial y no de la población del país y esta región tan afectada por la pandemia. Según distintos cálculos, la liberación de las patentes con transferencia tecnológica permitirá aumentar la producción de vacunas internacionalmente de 12 millones que se realizan actualmente, a 60 millones. Incluso, como señala Nicole Lurie, vocera de la Coalición para las Iniciativas de Preparación para Epidemias (CEPI): «todavía hay un exceso de capacidad ociosa. Las empresas que han recibido vacunas establecidas (o autorizadas) son reacias a formar asociaciones, particularmente con fabricantes de países en desarrollo».

El lobby de las grandes farmacéuticas se hace escuchar, así como presionan ante el Consejo y el Parlamento europeo para que no se relajen las normas sobre propiedad intelectual, aquí nos quieren hacer creer que las siete plagas asolarán el país si se tocan sus privilegios. Cuentan con un punto a favor ya que los laboratorios son grandes aportantes en las campañas electorales vernáculas, lo que produce un obsceno condicionamiento político que se paga con vidas.

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