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viernes 23 de octubre de 2020
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Insultos en la literatura universal: el arte del agravio

Resulta conocido el temor que inspiraba Winston Churchill en propios y extraños a raíz de su filosa lengua. Entre otros muchos episodios en los que brilló el sarcasmo y la maledicencia, se recuerda aquel que lo enfrentó a Lady Nancy Astor, primera mujer que ocupó un escaño en la Cámara de los Comunes por el partido de izquierda Sinn Fein. Enfurecida por una participación del líder conservador, Astor le espetó: “Si yo fuera su esposa le pondría veneno en su taza de té”. A lo que Churchill, sin inmutarse, respondió: “Si yo fuera su marido, me lo bebería”.

Es dado imaginar que este tipo de refriegas son naturales en el mundo de la política, pero también se extiende al campo del pensamiento y la literatura. Para seguir con el mismo personaje, ya que se le atribuían cualidades literarias además de las evidentes como estadista (no olvidar que se le concedió el Nobel a las letras en 1953), en 1914 otro Premio Nobel, el irlandés Georges Bernard Shaw, le envió dos invitaciones para que asistiera al estreno de su obra Pigmalión en el prestigioso Her Majesty’s Theatre de Londres, acompañadas con la siguiente nota: “Para que venga con un amigo (si es que lo tiene)”. A lo cual Churchill respondió: “Me es imposible asistir a la noche inaugural, pero sin dudas iré a la segunda función (si es que la hay)”.

Podría pensarse que esta versatilidad en el arte de la ironía y la ofensa responde a una tradición británica, y existen pruebas suficientes que sostendrían tal tesis. Se presume que hasta el propio William Shakespeare manejó con maestría la esgrima del vilipendio, como lo demuestran los duelos verbales de sus personajes, en donde los insultos y la humillación oral hacen contrapunto a otro tipo de combates, como los de las espadas o aquellos que tienen por escenario los pozos interiores del alma. Uno pocos ejemplos de su virulencia:

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