martes 13 de noviembre

Intrucciones para tratar con los mozos

Tratar desde arriba al mozo es grasún. La voz profunda con eco mojado de lluvia del doctor King dijo en el Lincoln Memorial que todos fuimos creados iguales. Y no era solo el discurso político perfecto, el tribuneo solemne con swing de un Cristo que estaba en la joda de dar la vida para que dejaran de colgar negros de los árboles en Alabama.

Que todos somos iguales, creados de la misma materia que es universo, es una verdad plana, sin mística. La verdad está ahí para ser vista, dice el único verso que se entiende claro de A Whiter Shade of Pale, esa canción que tiene la textura de las aguavivas de cuando el LSD se pone dormilón.


Hablarle al mozo o al portero de edificio como si fueras el presidente de la Ford Motors es señal clara de que nunca te considerarían para el puesto.

La distancia snob de hacer el pedido mirando con la oreja, de usar un tono entre lánguido e imperativo te pone en el amplio bando de los nabos a los que los mozos y los clientes cope miramos de reojo y decimos pobre pibe, porque seremos todos iguales pero es muy dificil renunciar a no sentirte más que otro. A los budistas de convento los dejan mirar a los giles todos los días un rato corto.

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