lunes 18 de febrero

Ironía contra la ultraderecha y los humoristas “ofendiditos”

Santiago Gerchunoff (Buenos Aires, 1977) ha encontrado la receta de la democracia: sin ironía no hay libertad, sin libertad no hay ironía. Un silogismo capaz de detectar una sociedad oprimida por la censura o sin condiciones en su soberanía. Esa es la hipótesis que el doctor en filosofía defiende en su libro Ironía on. Una defensa de la conversación pública de masas (Anagrama): el origen de la ironía es político. Sirve para desenmascarar en público a los charlatanes jactanciosos. La usaban los griegos hace 26 siglos.

Hoy la conversación se ha multiplicado y la ironía se ha popularizado como “el arma del humildemente ignorante contra el ignorantemente poderoso”. El foro público se ha masificado y cualquiera puede responder ante lo que le agrede o le alegra, porque “la ironía no tiene dueño y no pertenece ni a la izquierda ni a la derecha”, dice Gerchunoff en conversación con este periódico. “Sólo reacciona ante aquello de lo que el adversario se jacta”, cuenta para señalar que es un buen antídoto contra el farsante, pero no esperen de ella el método para ser iluminados por la verdad.


Porque no existe. Y quienes renuncian o atacan a la ironía lo hacen porque se sienten más seguros habitando en la melancolía por un régimen mítico: la verdad objetiva. “¡Nunca existió!”, dice el doctor en filosofía, que recomienda seguir burlándose de la ultraderecha sin pudor para desenmascararla. “Lo que te aseguro es que si las propuestas de estos partidos se llevaran a cabo, la ironía quedaría proscrita, igual que toda ambigüedad. El totalitarismo no es más que eso, el triunfo de la literalidad absoluta”, cuenta.