sábado 21 de mayo de 2022
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José Antonio Díaz, la loca pasión de un periodista

Qué triste noticia la muerte de José Antonio Díaz. Triste y mala, para mí. La de Jose era de las caras que todavía me daba gusto ver en la redacción del viejo edificio de la calle Chacabuco. Aunque estuviera a mil siempre tenía un rato para conversar, sea para recordar viejos tiempos o para perorar sobre la última consternación política. Era un profesional apasionado y entre comienzos de 1994 y fines de 1995, cuando me tocó trabajar con él, en la redacción de La Prensa de Amalita, se quería llevar el mundo por delante. Su entusiasmo era contagioso y explicaba con mucho detalle lo que esperaba de una crónica. Lo recuerdo por eso y por el cuidado con que modulaba cada palabra. Era tan claro que si no lo entendías era porque estabas en otra dimensión.

Doce años más tarde nos reencontramos en Perfil, a donde él regresaba después de una pausa y de donde yo me estaba por ir.

Había distancias ideológicas, pero nuestros disensos eran respetuosos. En las dos redacciones encontré compañeros que no lo querían. Algunos tenían argumentos dignos de ser escuchados y otros tenían argumentos dignos de risa, aunque admito que fue un asunto sobre el que nunca quise profundizar. A mí me dio un trato cálido y afectuoso, siendo así es fácil ser subjetivo (como difícil es ser objetivo). Jose y Javier Avena me habían rescatado de Gente para integrar la redacción de una nueva versión de La Prensa, donde yo quería hacer una sección que se llamó En Trance, una idea rarísima que sólo alguien como él o Javier podían aceptar en un diario con esa prosapia. Como hacer solo eso era imposible, Jose me inventó un lugar en la sección Política: él me tenía más fe que yo en ese puesto.

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