Juan Forn sobre Piglia: «El escritor que enseñaba a leer»

En el tedio de las siestas de verano, todas las persianas bajas, toda la casa en silencio, un chico de tres años observa desde la penumbra a su abuelo sentado en un sillón, inmóvil, concentradísimo en el libro que sostiene en las manos. Al nieto le gusta copiar todo lo que hace el abuelo, así que arrima una silla a los estantes de la biblioteca, saca un tomazo y va a sentarse en los escalones de la puerta de su casa, con el libro abierto sobre las rodillas y la misma expresión de su abuelo. La casa queda a una cuadra de la estación de Adrogué. Cada media hora pasan por la calle los que bajan del tren. A la hora de la siesta son pocos, en ese verano de 1943. Uno de ellos, el único que repara en él, frena su marcha, le muestra sin decir palabra al chico que tiene el libro al revés y sigue su cansino camino. En 1943, la familia de Borges todavía pasaba los veranos en el Hotel Las Delicias de Adrogué. De manera que ese pasajero que le enderezó el libro al chico bien pudo ser ya sabemos quién.

Así entró Ricardo Piglia en la literatura argentina. No es casualidad que su modus operandi fuera básicamente ése, años después: su don mayor era ponernos al derecho el libro que leíamos al revés. Piglia decía las cosas de una manera tal que uno no podía seguir viéndolas como las veía hasta entonces. Ejemplo perfecto: cuando sacó de la galera su teoría de que todo cuento no cuenta una sino dos historias a la vez. Uno lee eso y en cada cuento que lea después en su vida va a buscar la segunda historia, la historia subterránea que cuenta ese cuento. El mismo efecto producía cuando cruzaba la historia y la literatura argentinas: José Hernández escribiendo los discursos de Alsina, Mansilla los de Roca, Macedonio los de Hipólito Yrigoyen, y Sarmiento, en cambio, el único escritor presidente, leyendo en su asunción un discurso que le escribió Avellaneda. O cuando “inventó” un relato inédito de Arlt, que en realidad era el viejo cuento “Tinieblas” del ruso Andreiev, traducido de tal manera al castellano que daba Arlt puro. Lo hizo en Nombre falso, mi favorito entre sus libros, seguido muy de cerca por Crítica y ficción (que empezó siendo un rejunte de cinco o seis reportajes que le habían hecho, y que fue reescribiendo y ampliando cada vez que lo reeditaba hasta las casi 300 páginas de su versión final, que a mi gusto conforman su mejor libro de ensayos, su ars poetica).