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miércoles 28 de octubre de 2020
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La agitada trastienda de Alberto Fernández en el tramo más duro de la pandemia

Con media cabeza asomada por una de las ventanillas traseras, Alberto Fernández saluda desde la combi que lo lleva al hospital modular que está a punto de inaugurar en Longchamps, Almirante Brown. «¡Vuelvan a su casa! ¡Cuídense mucho!», les grita a dos chicas con barbijo que, como cientos de vecinos del barrio Los Álamos, salieron a la calle y angostan el camino para ver el paso de la camioneta bien de cerca. «¡Gracias, compañero!», le dedica a un hombre que, desde el techo de una casa sin revoque, lo saluda con los dedos en V. En la esquina, tres policías formados hacen la venia. Axel Kicillof, sentado una hilera más atrás, interrumpe el romance, sin anestesia: le toca el hombro y le muestra en la pantalla de su celular la imagen de un vagón de tren repleto de gente. «Línea Sarmiento, estación Ramos Mejía», dice. Fernández resopla y se lamenta: «¡Un suicidio!».

Casi dos meses después de haber impuesto la cuarentena y sin haber cumplido un semestre en el cargo, el Presidente se aproxima a una encrucijada que marcará para siempre el destino de su gobierno. Mientras camina por la cornisa del default de la deuda externa, se prepara para afrontar el peor momento de la pandemia del coronavirus, con un crecimiento marcado de contagios y de muertes en el área metropolitana, que amenaza empinar la curva y forzar un retroceso. El fin de la reapertura progresiva, anunciada la semana pasada, asoma en el horizonte. Las visitas al territorio, para monitorear obras y atender las demandas de los intendentes, se combinan con reuniones de urgencia en la residencia Olivos y llamadas sin horarios a ministros y secretarios. No hay margen para distracciones ni demoras.

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