martes 16 de octubre

La bala de plata de Claudio Bonadío

Dicen sus amigos que Claudio Bonadío agrupa bien. Contiene la respiración, afina la puntería y nunca se relaja. Puede gatillar antes de tiempo y puede incluso no dar en el blanco, ni con el primer tiro ni con el segundo. Pero, mientras dispara, va contorneando un círculo que abrasa a su objetivo. Impactar hasta volver incapaz a lo que ve como una amenaza, eso es lo que busca.

Amante de las armas, con dos muertos en la espalda, el juez federal que Carlos Menem nombró por decreto hace 24 años es dueño de una trayectoria densa, que domina sin mayores inconvenientes. Ni su
prontuario ni su filiación le impiden ser la esperanza de la Argentina republicana que quiere desterrar la impunidad de los que pierden, sin importarle cómo.


Desde que Cristina Fernández de Kirchner empezó a declinar su poder, Bonadío erectó al círculo rojo, llenó páginas de diarios, procesó con prisión preventiva, encarceló sin sentencia y nunca dejó de disparar.
La expresidenta fue su blanco predilecto: le dictó cuatro procesamientos en causas de lo más disímiles, desde el dólar futuro hasta los cuadernos de Centeno, una investigación que por primera vez trasciende
al circuito previsible del kirchnerismo y sus empresarios aliados.

El magistrado que llegó a lo más alto del poder de la mano de Carlos Corach está enredado en una contradicción. Tiene los trámites de la jubilación listos y podría irse hoy mismo, pero se siente ante la oportunidad más preciada. Una causa con la que, supone, puede resetear una vida entera, la suya. Redimirse de un cuarto de siglo como actor funcional a los inquilinos de la Casa Rosada, con un impacto que trascienda las fronteras.

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