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viernes 15 de octubre de 2021
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La batalla por la mente de Picasso

Célebre por declarar ante el Congreso [de los EE.UU.] en 1949 que ‘todo arte moderno es comunista’, y avisar de que el tejido social de la vida norteamericana se encontraba amenazado por la experimentación moderna, el senador republicano George Dondero defendió posteriormente su posición en una entrevista con la crítica de arte Emily Genauer: ‘el arte moderno es comunista debido a que es distorsionado y feo, porque no glorifica nuestro hermoso país, nuestro pueblo alegre y risueño, nuestro progreso material. El arte que no glorifica nuestro hermoso país en términos sencillos que todo el mundo pueda entender genera insatisfacción. Por tanto, se opone a nuestro gobierno y los que lo fomentan son nuestros enemigos’.

Se trata de una declaración con no poca ironía. En primer lugar, esta suerte de antiintelectualismo y abierto desdén por las formas modernas sobre la base de que no representan de modo adecuado las realidades de la vida para los trabajadores fue doctrina común de varios partidos comunistas europeos. Y dentro de lo que se convirtió en la Guerra Fría cultural, la historia oficial dice que la CIA y otros agentes del establishment cultural norteamericano, tanto del gobierno como particulares, habían decidido que el arte moderno era de hecho un arma bastante buena con la que esquivar – e incluso liquidar – la propaganda soviética. Comparado con el realismo social doctrinario de los rusos, los norteamericanos tenían la energía vital de Pollock y de Kooning, un feroz gestualismo que podia expresar las inquietudes de ser un hombre moderno en un mundo incierto. Para este relato no tenía demasiada importancia que casi todos los artistas promovidos en última instancia por la CIA hubieran estado a la izquierda al inicio de su carrera, o que algunos todavía lo estuvieran sin duda alguna, porque la libertad de expresión y la vida bajo el capitalismo podían acomodar e incluso festejar el disentimiento. Lejos de ser un obstáculo para la promoción de valores liberales en la Guerra Fría, el arte moderno pronto se convirtió en su símbolo más poderoso.

Esta historia, en general, y la de las actividades del Congreso para la Libertad de la Cultura (CLC), patrocinado por la CIA, en particular, son el centro de la exposición ‘Parapolítica: Libertad cultural y Guerra Fría’, que tiene lugar en la Haus der Kulturen der Welt de Berlín. De múltiples formas, ‘Parapolítica’ constituye una muestra intelectualmente robusta que trata una enorme cantidad de material de archivo con un toque diestro y tentador. Empezamos en una sala cuyo interés principal es el de la historia de la realización de exposiciones en el periodo de postguerra, cuando la ideología de la Guerra Fría se filtraba hasta en la más inocua de las ferias de arte o de las revistillas. Un mural cuenta la historia de las contenidas pinturas negras de Ad Reinhardt y su compleja actitud frente a la estética y la abstracción socialista, con acompañamiento de audio de gente como Frances Stonor Saunders, una historiadora que ha hecho mucho por dejar al descubierto las complicidades institucionales entre los Expresionistas Abstractos y la CIA durante la Guerra Fría.

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