viernes 14 de diciembre

La bicicleta que me salvó la vida (y me ayudó a divorciarme)

Hace dos años, en enero, mi esposo y yo entramos a una casa embargada en una calle flanqueada por árboles en Bedford-Stuyvesant, en Brooklyn. Era un lugar donde nadie había vivido durante veintidós años.

“Nos puedo ver teniendo hijos aquí”, me susurró al oído mientras caminábamos de puntillas sobre la basura y los escombros.


Durante los primeros tres años de nuestro matrimonio habíamos vivido en una serie de apartamentos rentados, pero soñábamos con tener algo nuestro y esta era una casa entera. Una casa de piedra rojiza con muchos años de descuido y que necesitaba mucho trabajo, sí, pero una casa a pesar de todo.

Fuimos al tribunal de vivienda en el centro de Brooklyn e hicimos una oferta ante un juez. Para marzo ya habíamos cerrado el trato. No era habitable en las condiciones en que se encontraba, así que continuamos viviendo en nuestro apartamento rentado en Crown Heights mientras decidíamos cómo hacer las reparaciones, que estaban sujetas a permisos ya vencidos y a la mortífera burocracia para construir.

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