jueves 6 de octubre de 2022
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La cancelación no conduce a un mundo mejor

A fines del mes pasado, 450 exparticipantes de Jeopardy! firmaron una carta abierta en la que condenaron al último ganador, Kelly Donohue, y exigieron que tanto Donohue como los productores del programa pidieran perdón por lo que los redactores de la carta definieron como un «discurso implícitamente racista». En su cuarta presentación en el programa, Donahue hizo un gesto con tres dedos para indicar que había ganado tres veces. Las dos veces anteriores había hecho el gesto equivalente con uno y dos dedos y no había provocado ninguna polémica. Pero esta vez, los exparticipantes pensaron que el gesto era similar a uno que hacen a veces los supremacistas blancos (y con mucha más frecuencia la gente común que no tiene conciencia de esta asociación y que termina generando el tipo de confusión cercana al absurdo que probablemente estaban esperando los supremacistas blancos).

Fue un ejemplo impactante de un fenómeno que suele denominarse «cultura de la cancelación». Hoy este término está enredado en debates interminables sobre lo que significa ser «cancelado», sobre si una determinada persona fue «realmente» cancelada, etc. El ciclo de la guerra cultural pasa por los reaccionarios que estiran el concepto de «cancelación» hasta incorporar una variedad de reclamos culturales sin relación entre sí —véase, por ejemplo, el Sr. Cara de Papa— y por los progresistas que insisten en que «la cultura de la cancelación no existe».

jacobinlat.com  (jacobinlat.com)