lunes 28 de noviembre de 2022
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La compulsiva búsqueda de la eterna juventud

El deseo de las personas de mantenerse jóvenes y resistir el declive consustancial al envejecimiento, rebelándose contra el imparable y cruel paso del tiempo, se remonta a los orígenes de las civilizaciones. En aquel horizonte se trataba no tanto de un anhelo de inmortalidad, sino de soñar con el rejuvenecimiento del cuerpo y la mente para burlar la visita incomoda y adelantada de la muerte, o bien de poder elegir por la opción de un renacimiento para crecer en una nueva línea temporal en la que cumplir con alguna misión mesiánica. La idea original de resurrección traslada en su simbolismo no solo la comprobación de la existencia de una realidad invisible, sino la capacidad del resucitado para, como emisario o prueba vivificante de un más allá, ejecutar el translatio imperii (la transferencia del poder o del dominio), en este caso, desde el ámbito de lo trascendente al mortal.

El retorno a la juventud como noción de la política moderna, ya fuera al tiempo del infante o al del joven adulto, inscribió en la mentalidad de los pueblos un goce por la vida. Así fue como esta aspiración colectiva fue acumulando seguidores que se devanaban los sesos para lograr atrapar la esencia juvenil mediante todo tipo de productos y técnicas que, al menos, conservasen la apariencia de lo externo y ocultaran la vulnerabilidad del organismo. Sin embargo, el goce como tal es algo más que un placer hedonista. Contiene un reverso oscuro, compuesto por la falta de control, la obsesión y la dependencia. El goce se fusiona con el dolor y el sufrimiento, que articulan la deuda que hay que pagar por experimentar el deseo.

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