La despedida a Marcelo Zlotogwiazda de La Garganta Poderosa

Anoche no pude. Y ahora tampoco puedo, porque no me dejaba, porque no me dejaría, porque no me va a dejar. No quería flores, no las podía aceptar, no las necesitaba, no quería flores para morir, porque nunca las necesitó para vivir. Nunca, jamás nada estaba pautado cuando salíamos al aire en cualquiera de sus programas o en ese segmento que nos habilitó todas las semanas. Salvo una cosita que sí, encubierta con palabras que sólo son vestuario para los valores: no digas que fui al barrio, no me digas gracias, no me tiren flores.

Sabía que nuestros pasillos no tienen flores todavía, porque los veía, los recorría, los padecía. Yo lo conocí justo ahí, llegando por la tira 6 de Zavaleta, cuando el barrio amaneció entre fantasmas y escopetas porque habían matado a mi ahijado. Muchas y muchos que solían venir eligieron mirar para otro lado, decidieron recular, metieron marcha atrás. No los vimos nunca más. Pero justo por allá, calladito, despacito, venía caminando un chabón que sólo conocíamos por televisión y para colmo de primicias, por el canal de noticias del 13, ¿qué les parece? Venía llegando, justo mientras tantos se iban retirando, sin pedir permiso, asumiendo su profundo compromiso ante tanta podredumbre. Y se le hizo costumbre.