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jueves 29 de julio de 2021
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La despedida que Juan Forn hubiera querido

“¿Y si lo llevamos a la playa?”, propone Tony, uno de los mejores amigos de Juan Forn. El cuerpo del escritor se encuentra en un ataúd en el medio de la sala de un centro cultural de paredes vidriadas, con vista al mar. El atrevido deseo de Tony no tiene eco, el que él supone sería el deseo de Juan; pero se siente en el aire, entre tanto dolor, que esta despedida es lo más parecido a lo que el escritor hubiera querido. Una ceremonia íntima y pública a la vez, que esquiva el carácer lúgubre del acontecimiento, frente al escenario que lo invitó a redescubrirse. Como escritor, como persona; todo iba de la mano.

No hay coronas de flores a los costados del cadáver de Juan, que no mira hacia el mar, de ahí la sugerencia de Tony, cuyo nombre es Antonio José Postorivo. La hija del autor, Matilda –jovencísima y bella, apenas poco más de 20 años, luce una camisa de lino blanca de su papá– cuenta que se acabaron las flores en Villa Gesell por el Día del Padre. Que mandó a sus amigas a recoger flores por la playa, y las pocas que encontraron –amarillas, fucsias, blancas– son las que recubren el cuerpo de su papá. Su admirado papá. Su papá que, de tan sensible, por momentos era su «hijo».

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