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jueves 29 de julio de 2021
Cursos de periodismo

La deuda pandémica que no vemos

Me desperté pensando en que es muy triste estar enfermo y estar solo. Más triste que estar contagiado únicamente. Y más que estar en soledad. No es que no hubiera sentido antes eso de estar enferma y desolada. La vida me obligó desde pequeña a estar de los dos lados del mostrador: en una cama de hospital, paralizada por una embolia, y al borde de ella, custodiando los infartos de mi madre. Sé, con esa convicción que da la sangre, que es peor mirar desde lejos un lecho enfermo -como nos obligan la pandemia y sus inhumanos protocolos- que yacer en él. Con el aislamiento familiar se rompe no uno sino dos corazones: el del enfermo y el de quien necesita cuidarlo.

Porque los cuidados no son sólo médicos y tecnológicos. Desde que nacemos como mamíferos inmaduros descubrimos que sólo se sobrevive con el contacto de la piel y la mirada del otro. Aprendemos los rituales de la preocupación por el prójimo en la infancia y comprendemos a lo largo de la adultez que acompañar a vivir es tan importante como asistir a morir. Más temprano que tarde, entendemos que los enfermos pueden sucumbir a una tromboembolia de pulmón, sí, pero también zozobrar por no poder asir una mano querida cuando el aire se niega a entrar al pecho.

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