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viernes 26 de febrero de 2021
Cursos de periodismo

La épica del encierro

En estos interminables meses que arrancaron en febrero de 2020 con la noticia de la aparición de algunos casos médicos llamativos relacionados con un mercado de animales en la ciudad de Wuhan, en China, aprendimos mucho sobre un virus nuevo. A lo largo de un año agotador supimos de su estructura genética, de sus espículas superficiales, de cómo entra en las células, a quién enferma y a quién no, cómo generar anticuerpos y en cuáles continentes se sentía más cómodo para reproducirse.

También aprendimos algo sobre su remedio más inmediato, la cuarentena: aprendimos que no sirve como método de largo plazo. Que en su versión extendida y horizontal es una medida que se puede aplicar una sola vez, durante un tiempo limitado, y que no tiene recarga. Y que va contra la naturaleza humana, lo cual restringe enormemente su uso. Lo curioso es que eso que aprendimos ya lo sabíamos y era un lugar común antes de la aparición del Covid-19. Que la resolución de la pandemia fuera que los ciudadanos aceptaran voluntariamente el castigo más temido aparte de la pena de muerte, la cárcel, era por lo menos, llamativo.

Tal vez la conjunción de un miedo universal con la aparición del coronavirus en China, un país dictatorial en el cual la reacción de los ciudadanos es irrelevante para tomar decisiones, generó que la restricción de libertades individuales haya sido adoptada como un modelo para el resto del mundo. La ansiedad histérica que genera la comunicación virtual terminó de armar la tormenta perfecta.

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