sábado 21 de mayo de 2022
Cursos de periodismo

La era de la antiambición

Solía pensar que mi trabajo existía en su propia Feliciudad, como en los libros de Richard Scarry, donde hay un pequeño y luminoso pueblo de trabajadores, cada uno centrado en una única labor, cuyos caminos se cruzan en el transcurso de un día muy muy ajetreado. En mi barrio de Brooklyn, varios días a la semana veía a la misma persona en la parada de autobús de la Avenida Myrtle y me imaginaba a dónde iría con su bolsa de computadora portátil Dell y zapatos deportivos negros. Compraba café a un elenco rotativo de baristas en la cafetería del tercer piso de mi edificio de oficinas, donde trabajaba como editora en una revista. Me paraba a charlar con otra editora, cuya oficina estaba a un muro de distancia de la mía. A veces, ella me hacía un gesto para que cerrara la puerta, y decíamos lo que realmente pensábamos sobre algún chisme profesional menor, un cotilleo que a lo mucho le importaba a unas 3,5 personas en el mundo. Veía a mi jefe dirigirse a una reunión con su jefe y me preguntaba si su conversación acabaría afectando a mi trabajo.

La mayoría de nosotros trabajábamos en computadoras, tecleando documentos y enviando correos electrónicos a la persona que estaba al otro lado de la pared de un cubículo, pero había cierto ajetreo en todo el esfuerzo. Era un pequeño terrario en el que todos pasábamos 50 horas a la semana, lleno de tentempiés de oficina y de cumplidos sobre los atuendos en el baño y tragos después de la hora de salida. Incluso cuando no ocurría gran cosa a nivel profesional, existía la sensación de haber trabajado, de haber desempeñado tu papel en un ecosistema.

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