La estrategia militar de Hillary Clinton: cómo se convirtió en halcón

Hillary Clinton se sentó en el estudio semioculto en su lujosa oficina en el Departamento de Estado, dando sorbos a su té y evaluó su primer año en el cargo. El estudio era más parecido a una sala de estar, acogedor, de paredes de madera, y con filas de libreros que mostraban recuerdos de las tres décadas de Clinton en el servicio público: una estatua de su heroína, Eleanor Roosevelt; una pelota de béisbol firmada por Ernie Banks, la estrella de los Cachorros de Chicago; una figura de madera tallada de una mujer africana embarazada. El escenario íntimo se prestaba para una entrevista más informal que su imponente oficina, con su chimenea de mármol, sus cortinas pesadas, el candelabro de cristal y los arbotantes de ornato en los muros. Sin embargo, aquella mañana del 26 de febrero de 2010, Clinton hablaba de un tema mucho más delicado que los asuntos de política exterior: su relación con Barack Obama. Decir que elegía sus palabras con cautela no describe con justicia la delicadeza del ejercicio. Era como ver a un técnico de un escuadrón antibombas, que decide qué cable de color cortar para no hacer estallar su relación con la Casa Blanca.

“Hemos desarrollado, creo, una muy buena relación, con un intercambio en verdad positivo en cuanto a todo aquello que te puedas imaginar”, dijo Clinton sobre el hombre al que describió durante la campaña de 2008 como ingenuo, irresponsable y sin preparación alguna para ser presidente. “Y hemos tenido algunas experiencias interesantes y hasta extraordinarias en este tiempo”.