La extrema derecha alemana lanza un rostro más amigable pero mantiene sus ideas radicales

Se escuchaban villancicos navideños y el olor del jengibre inundaba el aire decembrino. Los estudiantes vendían compota de ciruela orgánica y servían vino caliente en vasos biodegradables hechos de caña de azúcar. Sin embargo, también estaban aquellas postales.

“¿Islamización? No con nosotros”, decía una. “¡Defiéndete! Este es tu país”, exhortaba otra. “Fortaleza Europa”, señalaba otra. “Cierren las fronteras”.


No era un mercado navideño común y corriente, sino uno organizado por Generación Identitaria, un movimiento de jóvenes pertenecientes a la extrema derecha y que actualmente son vigilados por varios servicios de inteligencia europeos. En parte jipis y en parte hípsteres, los activistas de Generación Identitaria son uno de los resultados de un importante cambio de imagen que la extrema derecha ha tratado de llevar cabo en años recientes.

Mejor vestidos, más educados y menos furiosos que los cabezas rapadas de antaño —por lo menos en público— se consideran a sí mismos la vanguardia de una lucha contrarrevolucionaria librada por una red dispersa, pero cada vez más conectada, de actores en la política, la industria editorial, la sociedad civil y los negocios. Se hacen llamar la “nueva derecha”.