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miércoles 28 de julio de 2021
Cursos de periodismo

La gente que aún vive en marzo de 2020 y nunca podrá volver a la normalidad

He dedicado parte del último mes al control de daños entre amigos. Una vez se ha asentado el polvo del covid en forma de final del Estado de alarma, era hora de pasar revista a las tropas, contar heridas, hacer inventario, preguntar «¿qué tal?» a toda esa gente que, entre toques de queda, olas y resacas, había desaparecido. Mi conclusión, poco científica, es que la gente se ha quedado picueta. Nos hemos quedado picuetos, todos. Cada uno a su manera, como en las familias infelices de ‘Anna Karenina’.

Está el que en un año y medio ha salido una vez a tomar una caña y pasó las dos semanas siguientes analizando cada uno de sus espasmos corporales con la sospecha de que se había contagiado (no lo había hecho). La que tiene que negociar cada uno de sus pasos con su pareja porque se encuentran en sintonías de autoprotección muy distintas o, incluso, se ve obligada a ocultar algunas cosillas. El que dejó un buen trabajo porque no podía más; el que no queda con nadie, pero se siente mal por no quedar con nadie, pero no quiere quedar con nadie por si le pasa algo a alguien. El que parece que está bien el 90% del tiempo, pero en su fuero interno se ha convertido en un gruñón. Puede que yo sea este último.

Digo que es una apreciación poco científica porque el otro día leía a un grupo de psicólogas y profesoras que afirmaban que no estamos peor psicológicamente después del covid-19 y que cada caso debe valorarse de manera individual. Supongo que tienen razón, pero añado: vaya suma más grotesca de individualidades.

Será que me ha tocado la china, pero percibo que de esto la gente no está saliendo ni mejor ni peor, sino exhibiendo la versión más exagerada de sus propias manías. El que tenía furia interior ahora la tiene exterior, el miedoso ahora es pavoroso y el paranoico ha creado un blog, ha formado una secta y se ha tirado al monte a explicar por qué el coronavirus lo inventaron los reptilianos. El recto moral se ha convertido en un juez supremo de los actos ajenos, el irresponsable ha pasado a nihilista. En pandemia, como en la casa de Gran Hermano, todo se magnifica.

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