domingo 23 de enero de 2022
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La Gestapo de Vidal y la venganza de los heridos que dejó el macrismo

Cablear no es apenas tirar un cable. Es entrar en un lugar hostil con un pretexto y hacer las cosas durante un tiempo limitado a una velocidad que sólo tienen los profesionales. Es penetrar un espacio ajeno, donde un tipo de poder habita y se resguarda con reglas de seguridad propias. Entrar como un ladrón, pagar el descuido de un policía o fingir por un rato ser un empleado de limpieza para después desde afuera escuchar y ver o, lo que es lo mismo, tomar el control de la situación. Ese trabajo lo hacen desde hace décadas en Argentina los técnicos de la Agencia Federal de Inteligencia, la SIDE de toda la vida.

Está visto: lo que es legal o ilegal no depende de lo que diga la letra muerta de la ley sino, primero, de la fortaleza de los que tienen el poder y, después, de las excusas que encuentren para justificar sus procedimientos. Dejando de lado esa prevención, ingresar en la reunión de la AFI y el ex ministro de Trabajo bonaerense Marcelo Villegas en las oficinas del séptimo piso del Banco Provincia, a metros de Plaza de Mayo, no es para cualquiera. Mucho menos meterse en una embajada, una osadía que exige una destreza propia de gente que inspira respeto o temor, algo casi siempre excepcional.

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