La glaciación telefónica

Si el futuro de las actividades sociales será todavía más dependiente de la conectividad fija y móvil, si la producción y el trabajo, la educación, la información, el entretenimiento y la administración de la vida cotidiana serán cada vez más determinados por la infraestructura y operación de redes de comunicaciones en sus nuevas generaciones cada vez más ubicuas, como el 5G, entonces la conmoción que sacude a Telefónica (y que sacudió el sector en buena parte de América Latina) merece atenderse como un síntoma y no como un mero accidente corporativo. No va más: la forma de hacer telecomunicaciones de ayer no satisface el presente y está a años luz de las necesidades futuras.

El resultado de delegar la construcción de infraestructuras de comunicaciones en el mercado, que fue la política que se impuso en casi todo el mundo a partir de la década del ochenta, ya era muy discutible cuando los operadores privados –en virtual régimen de monopolio- desempeñaban el doble rol de transportadores y prestadores de servicios, pero abastecían las necesidades de una parte de la sociedad y de sus accionistas corporativos. Así, las infraestructuras modernas se centraron en un segmento urbano de ingresos medios y altos, para el cual se multiplicó ineficientemente el tendido de redes, mientras que la mayoría quedó, por motivos socioeconómicos o geográficos, huérfano de servicios de calidad.


El hecho de que uno de los ejes de la campaña electoral en el Reino Unido sea la brecha de acceso a la banda ancha, donde sólo el 10% de los hogares cuenta con conexiones de alta velocidad, confirma el agotamiento de un modelo de gestión de las telecomunicaciones con el que ni los operadores ni los usuarios finales están conformes. Si la política pública no resulta interpelada por los signos críticos del sector de las telecomunicaciones, la sociedad de la información exhibirá aún más fisuras.