jueves 26 de mayo de 2022
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La gorra de Santi Maratea y el ladrillo del sindicato

La colecta de Santi Maratea nació sobreinterpretada. ¿El hecho? A priori irreprochable. Él mismo lo explicó más o menos así: estaba por salir, vi las imágenes de los incendios en Corrientes, los yacarés escapando de las llamas, y me quedé juntando plata. El recorte biográfico que se hizo de él, con sus tips más obvios, fue pispeado por la mayoría: de dónde viene, cuándo nació, educado con qué (un chico que nació en los años noventa, en la zona norte del Gran Buenos Aires, cuya educación sentimental incluyó las novelas de Cris Morena). Pero su trayectoria solidaria de influencer también se monta sobre una tradición de la “educación televisiva”: juntar dinero para las buenas causas. Esa pantalla hecha de cara a los que pueden dar. Santiago Aragón escribió: “Pensar que la propuesta de una colecta certifica que el Estado no funciona es tan reduccionista como creer que quien participa en ella expía pecados. Quien dona acude al llamado de la urgencia. Lo hace por los canales que le resultan familiares y le generan confianza. Si nadie es el Che Guevara por donar, tampoco se transforma en él por pelearse con el donante. Santi Maratea es un Julián Weich 2.0 (…) que solo ‘desnuda la ineficiencia del Estado’ a aquellos usuarios que creían en su inutilidad de antemano”. Dicho en criollo: matar al mensajero. Aunque, ¿matar en el camino la fantasía de la ayuda “real”? Pero además: el Estado nace de lo común, de la asociación, del bendito “bien común”. Oponer asociarse o colaborar con bancar el Estado es como oponer dos cosas, la manteca y los huevos, que son parte del mismo budín. Ya lo vimos con la pandemia: hay vida afuera del Estado. O el Estado solo existe porque “esa vida” existe.

La introducción del sketch de Álvarez y Borges (lo mejor que dio la televisión argentina, porque tal vez nació la televisión para darnos eso) tenía siempre el momento inicial (después de los chistes reos entre Alberto Olmedo y Silvia Pérez) en que el humorista pasaba “saluditos” y hacía el mangazo para alguna colecta para la Casa Cuna o el Hospital Gutiérrez. La tele siempre pasó la gorra. Pensemos tres hitos: la gran colecta nacional de la televisión estatal de 24 horas por Malvinas, conducida por Pinky y Cacho Fontana, sobre un furor tal que incluyó -incluso- algunas caras de artistas prácticamente recién llegados del exilio o desempolvados de la censura. Y terminó en la famosa estafa. Años después, ya en democracia, el primer canal privatizado, el 9, el de Romay, metió su Sábados de la bondad con el extraordinario Leonardo Simons, que ayudaba a los hospitales. Y después Un sol para los chicos. Julián Weich y la marca de Unicef, que en los años noventa terminó de expandirse en la confianza pública. La primera emisión fue en 1992, diez años después que la de Malvinas, y en esa primera también (como aquellas 24 horas) se hizo en cadena nacional (todos los canales de aire emitieron el mismo programa benéfico). “¡Tenemos en total un millón trescientos sesenta y ocho mil cuatrocientos doce!”, gritaba Weich en cualquier emisión. Lloraba, los autos hacían luces, los famosos que atendían los teléfonos levantaban los brazos. Un peso, un dólar. La patente de una marca. Sonaba de nuevo “un sol, un sol para los chicos” con la “o” estirada, ese jingle horripilante que parecía odiar a los chicos y a los televidentes, como el estribillo de una publicidad de colchones.

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