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martes 28 de septiembre de 2021
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La invasión de lo «influencer»: cómo la cultura del yo se extiende por el cine, la música y las ciudades

La escena tuvo lugar en la Isla de Lobos, territorio deshabitado (el último farero murió hace 20 años) situado a dos kilómetros de la costa de Corralejo, en Fuerteventura. Hay una cala con aguas turquesas y un viejo muelle de madera que salían en todas las guías de la isla. En Instagram las fotos son espectaculares: basta con buscar la localización en la red social para ver cientos de fotos de turistas de todos los colores y fisionomías sentados en aquel muelle, observando las rocas y tomando el sol. Era solo una media hora de camino por los terrenos áridos para encontrarla. Y allí apareció, pero no era exactamente como en las imágenes: en la cola para subirse al muelle y hacerse la foto sentado, mirando al horizonte, había unas 200 personas. Cada uno daba el móvil a su acompañante, se sentaba, simulaba un momento de paz y meditación y osaba repetir la foto solo unas dos o tres veces, dado que el resto de la cola empezaba a protestar al cuarto disparo. Lo presenció el que firma estas líneas, que siguió su camino y se quedó sin foto.

Este zoom que nos aleja de la foto, el que muestra la realidad fea que rodea a un encuadre perfecto listo para arrasar en me gustas en Instagram, es la razón de ser de cuentas como Influencers in the wild (“Influencers en su hábitat”), que en Instagram atesora un millón y medio de seguidores y ya ha sido aplaudida por medios como The New York Times. “Sí, tiene algo de realidad”, confirma Diana Millos, que con su alias dianamiaus alcanza 130.000 seguidores en Instagram gracias a sus espectaculares imágenes tomadas en viajes por todo el mundo. “No es siempre así, pero una foto perfecta puede esconder madrugones, escaladas, cambios de estilismo, colas, pasar frío, pasar calor, largas esperas, comida que se enfría y horas de edición”. Esto puede parecer lógico para Diana, creadora de contenido que ayuda a empresas turísticas en sus estrategias de marketing digital, pero empieza a ocurrir ya al otro lado de la pantalla, tenga uno 130.000 seguidores o solo cincuenta. La posibilidad del me gusta es demasiado tentadora. Y el resto del mundo está dispuesto a llevárselo también.

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