La izquierda ante los derechos humanos en Venezuela

La expresidenta de Chile nunca había sido cuestionada por las izquierdas y los progresismos hegemónicos a causa de sus políticas hacia el pueblo mapuche o por su alineamiento con empresarios neoliberales. Bajo sus dos mandatos presidenciales, sí fue severamente cuestionada, en cambio, por relatores especiales de derechos indígenas y órganos de las Naciones Unidas por la aplicación de la ley antiterrorista en el conflicto entre el Estado chileno y la nación mapuche.

Ahora aparece una catarata de críticas contra Bachelet emitidas por “intelectuales” afines al progresismo, porque en su calidad de Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos denuncia con datos creíbles, y confirmados desde Venezuela, la violencia sistemática del régimen, que se cobra, en promedio, alrededor de 400 asesinatos extrajudiciales cada mes a manos de los aparatos de seguridad del Estado (y de grupos informales apoyados por ellos). Denuncia torturas, detenciones arbitrarias, violencia sexual y uso de fuerza excesiva y letal contra manifestantes opositores.


Buena parte de los críticos de la expresidenta chilena –por la que no siento la menor simpatía política– callaron cuando se reprimía a los pueblos, pero ahora corren, presurosos, a defender a un Estado y a sus aparatos represivos. Lo hacen por razones geopolíticas, porque en sus cálculos mezquinos Venezuela es una pieza en la lucha contra la hegemonía estadounidense en la región y el mundo.

En rigor, no desmienten ninguna de las afirmaciones del informe presentado por Bachelet, sino que se limitan a desacreditar a la persona que lo rubrica. Si colocar al Estado por delante y por encima de la gente común organizada en movimientos es ya de por sí grave, denigrar al acusador sin responder las acusaciones remite a una historia bien conocida por las izquierdas del mundo. Es la política que utilizó José Stalin, hasta la paranoia, contra sus adversarios políticos. Miles de comunistas y millones de soviéticos cayeron en sus garras, con el silencio cómplice de la inmensa mayoría de los comunistas del resto del mundo.