domingo 24 de junio

La izquierda selectiva frente a Siria

Lo primero que se repitió -como si la guerra fuese una regla de tres simple- fue que el dictador sirio Bashar al Assad no usaría armas químicas contra sus enemigos porque iba ganando la guerra. La conclusión –que dejaba de lado que a Assad todavía le falta recuperar el 40 % de Siria-solo podía ser digna de consideración si la utilización de armas químicas no se hubiera repetido periódicamente desde 2013. Lo cierto es que la dinámica utilizada no es compleja y replica un patrón de comportamiento ya dilucidado un año atrás cuando aconteció el bombardeo químico en Khan Sheikhoun: en esa oportunidad los rebeldes sirios habían rechazado una rendición, exactamente como pasó en Douma (suburbios de Damasco). Y, tanto antes como ahora, la situación se alteró después del ataque: los grupos rebeldes se rindieron luego de años de resistencia. Los ataques químicos siguen un patrón exitoso de acción y respuesta que le ha permitido al gobierno sirio recuperar parte del país y que, debido a la inacción de la comunidad internacional, es utilizado de forma permanente y con mínimo castigo. En una palabra, los ataques químicos acontecen porque funcionan. Los mismos producen que poblaciones díscolas se retiren, que los rebeldes se rindan, y que el gobierno pueda colocar en su lugar a ciudadanos adeptos al régimen. El problema de este curso de acción surge cuando la cantidad de víctimas es numerosa (como en el caso de Ghouta oriental en 2013, de Khan Seikhoun en 2017, o ahora con Duma), y los países occidentales no tienen más remedio que intervenir para tratar de limpiar sus conciencias dentro de un conflicto del que le vienen tratando de escapar desde 2011. Por lo tanto, la pregunta correcta sería: ¿Por qué Assad no utilizaría armas químicas contra su propia gente sabiendo muy bien que nunca ha pasado nada?

La utilización de armas químicas no es solo evidente por las imágenes y los testimonios de los médicos que atendieron a las víctimas. Lo es también por las idas y vueltas de los gobiernos de Siria y Rusia para camuflar el ataque. Primero, Siria afirmó que no había existido ataque alguno y más tarde aseguró que lo habían cometido los rebeldes sirios (como también lo hizo Rusia). Finalmente, los rusos modificaron de relato. Afirmaron ante la opinión pública que el ataque había sido coreografiado por los rescatistas sirios, aportando como prueba un video que contenía imágenes de una película de ficción. Ya como último recurso, el gobierno de Vladímir Putin terminó por apuntar a Gran Bretaña como la culpable de entregarle las armas a los rebeldes para que lo realicen (contra ellos mismos). La explicación, por supuesto, tenía ribetes rocambolescos. Sostiene que los rebeldes se «auto atacaron» al utilizar las armas contra sus propias fuerzas y población donde operan. Pero no es lógico preguntarse cómo es posible que los rebeldes hayan usado más de cincuenta veces armas químicas contra ellos mismos (números suministrados por Human Rigths Watch) y nunca contra su enemigo Assad. Además, el día en el cual los inspectores de las Naciones Unidas llegaron a Duma se les impidió el ingreso. Rusia argumentó «cuestiones de seguridad» a pesar de que son los rusos mismos los que están en control de la ciudad desde hace una semana luego de la rendición de los rebeldes sirios. Claramente, para Rusia todo es cuestión de tiempo y negación. Con tiempo consiguen que sea posible que no queden rastros de agentes químicos y, en caso de que vaya a haber algún informe que señale su uso, repetirán lo que ya hicieron antes en Khan Sheilkoun: desconocer resultado de los inspectores y descalificarlo como una «manipulación». Se sabe que pasarán semanas o meses antes de que surjan pruebas sólidas y, ya en ese momento, la atención mundial estará en otras latitudes. Asimismo, cabe recordar que tanto Rusia como China vetaron dentro de las Naciones Unidas que el órgano que se ocupa de monitorear el uso de armas químicas tenga la capacidad de esgrimir quien es el culpable de un ataque: pueden decir si se emplearon armas químicas pero no están autorizados a apuntar un culpable. Es lo que algunos llaman: «que parezca un accidente».


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