La “limosna” de los famosos: el “regalo” de un sistema despiadado

Cuando la estrella de cine George Clooney se casó con la abogada especialista en derechos humanos y símbolo de la moda Amal Alamuddin en Venecia en 2014, la página web Entertainment Tonight declaró: “La caridad ha sido la verdadera ganadora de esta celebración nupcial multimillonaria”.

La razón de este triunfo venía de ciertas fotos de boda que se habían destinado, tal y como puedes suponer, a la “caridad”, el pasatiempo favorito de los famosos que con tanta frecuencia la convierten en puntos autopublicitarios y en reputación de corte heroico-mesiánico, eso por no hablar de las exenciones fiscales.


Los que no somos famosos hemos estado tan condicionados a percibir la caridad como algo indefectiblemente beneficioso (en lugar de verlo como una mercantilización y como una forma de explotación del falso altruismo) que no parecemos darnos cuenta de la irrealidad del mundo autocomplaciente de la filantropía de los famosos.

Para muestra un botón: los informes que explican que ONE, la fundación contra la pobreza de la estrella de la música Bono, destinaba en 2008 un exiguo 1,2 por ciento de los fondos recaudados a las personas a las que supuestamente ayudaba. Esos informes no hicieron nada para evitar la representación de aquel hombre como una especie de mesías de África.