«La marcha de la CGT», una crónica de Eduardo Blaustein

Para cuando el cronista vuelve a su casa a escribir, en la tele analizan, subrayan o simplemente se solazan con los incidentes finales de la marcha. Un recorte, interesante, pero solo un recorte, al que volveremos en esta nota. La mirada que intenta ser más abarcadora, comienza al revés y desde el principio.

Esto promete. Al primer grupo ya se lo ve en la estación Congreso de la línea D: varios muchachos de la Juventud Sindical, de la UTA. Ya en el subte, en diagonal, una morocha sola, preciosa, con una camiseta que dice La Celeste y Blanca es Paz. Sanidad. Se la ve concentrada en su celular. Mira el cronista dentro del vagón, ansioso. Ve a lo lejos unos palos que supone son para enrollar banderas y no, son un par de muletas. No más anuncios de la marcha dentro del subte y es que muchos, muchísimos, ya llegaron a sus puntos de encuentro o están yendo por otras vías.


Diagonal Roca. Ya desierta pero sembrada de unos volantitos que dicen “7 de marzo. Nos movilizamos en defensa del trabajo”. Y en otro color, lo mismo. La firma es de La Bancaria. Hay otros papelitos sobre el pavimento. Entre ellos uno breve, práctico, eficaz, bien peruca, de UPCN: “Mejor que decir es hacer”. No está mal como contradiscurso al del macrismo, por simplísimo que sea. El pequeño mural de homenaje al rock nacional que pintaron sobre el estacionamiento de Diagonal y Mitre está tapado por doce afiches: “Frente al brutal apriete a los jueces de la Justicia Nacional del Trabajo. Todos somos Arias, Gilbert y Marino”. La referencia es a la apretada del Ejecutivo –pedido de juicio político- que se comieron dos magistrados por convalidar el aumento a los bancarios. Los bancarios, gente de clase media, esa gente que gusta en satanizar cierto kirchnerismo que se cree duro.