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sábado 31 de octubre de 2020
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La mascarilla choca con la cultura occidental

El marqués de Esquilache cayó después de intentar erradicar ese sombrero de ala ancha y la capa larga que escondían las intenciones de los maleantes para cometer sus crímenes en el anonimato de esas prendas. Era 1766, tiempo de modernización con Carlos III, que intentó lograr un Madrid más higiénico y seguro frente al recelo de la población. En EE UU, años cincuenta, varios Estados prohibieron a sus ciudadanos circular embozados como reacción al Ku Klux Klan, que imponía su terror bajo esos ropajes capaces de eliminar la identidad e igualar a quien los lleva.

Descubrirse y mostrarse ha sido en Occidente sinónimo de transparencia, confianza, individualidad y modernidad en una larga causa cuya última batalla ha sido limitar el burka, el niqab o el hiyab musulmán. En nuestro iluso universo previo a la pandemia aún debatíamos a conciencia sobre la prohibición del velo y la obligación de andar descubiertos por zonas públicas. Y eso fue hace cinco minutos. Hoy, el coronavirus ha levantado un muro ante nuestra forma de vida y nos ha impuesto un artilugio que choca frontalmente con nuestra cultura de apertura, de despeje y la sociabilidad que la acompaña. La mascarilla ya es obligación y acompaña una gran resignificación de todo lo social frente a lo individual.

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