La meritocracia ya no seduce a los norteamericanos

Quienes defienden la meritocracia deben su éxito al esfuerzo y al talento. La suerte tiene poco que ver, o al menos éso es lo que se dicen a sí mismos. El meritócrata comparte su punto de vista con todos los demás, incluyendo aquellos que son demasiado lentos o indolentes para seguir su ejemplo. Las cosas sólo van mal cuando los otros las ponen en duda.

Eso llevado a una nación de 320 millones de personas que se enorgullece de ser una meritocracia. Imaginemos que cerca de la mitad o dos terceras partes de sus ciudadanos, dependiendo de cómo se formula la pregunta, no están de acuerdo. Ahora creen que las divisiones del sistema se autoperpetúan. No pensaban de esa manera.


Imaginemos que los meritócratas están demasiado enamorados de sus recompensas para verlo. El hecho de que están divididos –un grupo se hace llamar demócrata y otro republicano– sólo es un detalle. Son dos lados de la misma moneda degradada. Tarde o temprano algo tenía que suceder.

¿Es una exageración? El hecho de que Donald Trump haya sellado una compra hostil de uno de estos grupos –los republicanos– es una sorpresa para todos, incluyendo, creo, para él mismo. El resto no debería sorprender.