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martes 20 de abril de 2021
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La muerte del rock y el asesino menos pensado

El debate sobre si el rock está muerto o no se instaló hace un par de años, cuando se hizo notorio que la relevancia y el éxito comercial de los discos de artistas del género quedaba muy por detrás de los del hip hop, el trap y el pop. Desde entonces se señalan diversos “asesinos” para esta música que puso al mundo patas para arriba, “inventó” a los adolescentes y les dio razón de ser, evolucionó hasta límites insospechados y generó negocios por todos lados. Varios de esos sospechosos de la muerte del rock fueron mencionados por Sebastián Chaves acá, aunque se podrían apuntar algunos más: los cambios en el acceso a los bienes culturales marcados por el streaming, los costos que implica “mover” a una banda en comparación con los que generan un rapero y/o un DJ, la pandemia, y hasta la pura y simple falta de creatividad de los exponentes.

Quizá la muerte del rock (o de su relevancia cultural y económica) tenga que ver con una combinación de esos factores. O, mejor aún, con la acumulación de ellos, hasta el punto de que nuevas generaciones hayan dejado de encontrarle sentido a implicarse en el asunto. Porque el rock siempre precisó de gente dispuesta a meter los pies en el plato, ya fuera desde la creación y todo lo que la rodea (incluida la industria discográfica y la producción de shows), hasta chiques que pegaran el póster de su artista favorito y trataran de desentrañar letras de canciones como si se tratara de mensajes del más allá.

silencio.com.ar  (silencio.com.ar)