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jueves 26 de noviembre de 2020
Cursos de periodismo

La nueva corrección sexual

Vi una muy interesante película argentina, Rosita, de la directora Verónica Chen. Me hizo pensar en cómo cambió mi vida desde que, a lo políticamente correcto, se sumó lo social y lo sexualmente correcto. El film empieza cuando Lola, la protagonista (la bella y talentosa Sofía Britos) vuelve a su casa. Allí había dejado a sus hijos, Alejo, Gustavo y Rosita, al cuidado de Omar, padre de Lola y abuelo de los niños (estupenda actuación de Marcos Montes). Alejo y Gustavo le dicen a Lola que Omar salió con Rosita, sin decir adónde. Las horas pasan, llega la noche y los ausentes no aparecen. Lola se angustia porque su padre es un hombre en el que no confía: por momentos, es irascible o de una ternura contenida, pero con un pasado marginal: estuvo en la cárcel. Por la cabeza de Lola, pasan las hipótesis y los prejuicios más oscuros. Da aviso a la policía, que ordena la búsqueda de Omar y Rosita. A la mañana siguiente, el abuelo y la nieta regresan a la casa, como si no hubiera pasado nada. A los interrogatorios policiales, se suman los de Lola. No cuento el final.

Ya no subo a un ascensor si también va a hacerlo una mujer, un adolescente o un pequeño vecino solo. Un anciano como yo, solitario, rodeado de libros (¡Sade!), que recibe muy pocas visitas, que acostumbraba, antes del Covid-19, volver a la madrugada (del Colón), puede resultar sospechoso a las mentes que canalizan de un modo vicario sus propias fantasías en el prójimo.

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